Palabras que nunca se dicen.
Palabras que se contradicen.
Palabras que sueñan.
Palabras que desean.
Palabras que odian.
Palabras que aman.

Simplemente, palabras.


"Aroma del café recién molido; sonido del mar en las mañanas; páginas de un libro entre mis dedos; olor a tierra mojada; una tarde lluviosa; sonrisa de un niño; miradas profundas; tablas de un escenario; silencios que anidan en el tiempo".

¡Del campo a la ciudad!



Un día, me dijo el Patrón: - Perica, ya es hora que conozcas la ciudá. Mi hermana necesita una muchacha pa´l aseo, así que mañana bien temprano agarrás tus trapos, y te vas pa la estación.
Menuda sorpresa me llevé al bajar del tren. ¡Cuánta gente! Autos por tuitos los lugares, casi no se pódia caminar.
Nadie me fue a esperar, no sabía pa donde arrancar.
Don Prudencio escribió en un pedazo de papel, el nombre de la calle donde vivía su hermana: “Ave-nida de laas A-me-ricas mil-cien bis”. ¿Americas? ¿Dónde sería eso pué? Quise preguntarle a dos o
tres personas que pasaron a mi lao. ¡Pero parece que la ciudá está llena de maleucados!
Si no se puee creer ché, ni siquiera me miraron. Y uno, ¡hasta me pechó! Eché a andar pué.
¡Y me picó el hambre! Tuve que entrar a un bolichito que estaba en una esquina. Pedí agua pa’l mate y unos bizcochos.
Mientras tanto, me senté a la punta del mostrador. Estaba yo pensando –porque a vece yo también pienso, sí- cómo le iba a hacer pa encontrar la casa de la doña esa, ché. Entonce, fue cuando el hombre de la caja empezó a decirme todas esas cosas. ¡Me pegué el susto de la vida! Y no entendía naida.
- Debe poner toda la energía en el trabajo.
- Ah, sí, gracia a Dio, pa eso nací, y eso de lo que usté dice nunca me faltó.
- Es usted muy inquieta, y puede que se le vaya la mano y diga cosas que no debe.
- ¿Y de dónde me conoce pa hablarme así? ¡Atrevido!
- Cuide su aspecto y no se deje estar. No abuse de las comidas.
- No me diga que usté me ve gorda...
- Su encanto y su belleza, son sus armas para encontrar el amor.
- ¡No diga eso que se me suben los colore!
- Anímese a más y conquístelo.
- Bueno, bueno, eh. No se pase.
- Es posible que reciba dinero. Acéptelo y disfrútelo. Plata extra siempre es bienvenida.
- ¿Pero que se cree que soy yo? No sea insolente. Soy una china pero honrada, ché. ¡Qué lo tiró!
- Será mejor que elija su camino sin preguntarle a los demás. Así aprenderá a ser responsable de sus actos.
¿Y a éste que le picó? ¿Cómo voy a llegar a esa casa sin preguntar?
Entonce, apareció el bolichero con el agua pa mi mate y con mis bizcochos. Y me dije: ¡qué me importa lo que diga ese ché!
- Señor, aunque la caja no quiere, yo le tengo que preguntar: ¿cómo le hago pa llegar a esta dirección?
- ¿Qué caja muchacha?
- Esa que está ahí, atrás del mostrador, y que me dice todas esas cosas atrevidas...
- ¿Pero estás loca chiquilina? ¿Dónde se ha visto una caja que hable?
- ¿Qué? ¿Me está tratando de mentirosa? Esa, esa, ¿no ve? ¡Esa!
- ¡Pero si es la tele! ¡Dejate de pavadas!
Y todos los presente se echaron a reír. Agarré tuitas mis cosas y salí a las corridas de ese lugar.
¡Pensar que gente loca, hay de sobra en esta tierra!
Aaaah, sí pué, eso: ¡fueron mis primeros tiempos en la ciudá!.

1 comentario:

Anónimo dijo...

uy! que pena que terminó... o tiene otra parte? que ganas de seguir leyendo la historia de Perica! Muy divertido!